La neurobiología del sentido moral

Una exploración de la ciencia detrás de nuestra consciencia moral de la filósofa Patricia Churchland, iluminadora y  bien cimentada, por Nicholas A. Christaskis.

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Por Nicholas A. Chrisakis
Publicado en Nature

Consciencia: Los Orígenes de Nuestra Intuición Moral

Patricia Churchland W. W. Norton (2019)

¿Qué es nuestra consciencia moral? ¿De dónde viene?

En su libro de fácil lectura “Consciencia” la filósofa Patricia Churchland argumenta que, “no tendríamos que posicionarnos sobre los aspectos morales de cada situación sino fuéramos animales sociales”. La razón misma por la que tenemos consciencia moral es porque la evolución ha forjado nuestra neurobiología para la vida social. De esta manera, determinamos que está bien o mal de acuerdo a los sentimientos que nos impulsan en una determinada dirección y en virtud del razonamiento somos capaces de transformar esos impulsos en acciones determinadas. Semejante razonamiento típicamente refleja “El estándar del grupo al que el individuo siente que pertenece.” La idea de la consciencia como una capacidad neurobiológica para internalizar las normales sociales contrasta con las aproximaciones filosóficas que estrictamente dictan cómo y porqué distinguir el bien del mal.

Hay una rama de la biología evolutiva (defendida, por cierto, por el teórico Bret Weinstein) que sostiene que la capacidad para el debate moral tiene por sí misma una función social, permitiendo la unión de grupos independientemente de los tópicos discutos o sus propias nociones abstractas de “lo bueno”.  Más aún, muchas de nuestras reglas morales, como la idea de que no deberíamos traicionar a nuestros amigos o abandonar a nuestros niños, han sido claramente diseñada para optimizar nuestra capacidad de vivir en grupos. Otras reglas, de hecho aquellas relacionadas con la virtud de la reciprocidad, son semejantes: si alguien nos da comida como regalo nos sentimos intensa e innatamente dispuestos a devolver el favor.

Churchland brevemente discute como primates no humanos como los chimpancés, fueron observados en acciones que reflejan un alto grado de consciencia moral. Esto incluye conductas analizados por el primatólogo Frans de Waal: cooperación hacia metas comunes, compartir comida, adoptar huérfanos y los actos de duelo por los muertos. Churchland argumenta que esos ejemplos apuntan hacia los orígenes evolutivos de la consciencia moral humana.

Para demostrarlo, Churchland se concentra en la relación fundamental entre madre e hijo. Esta relación, sostiene, fue eventualmente extendida a lo largo de la escala evolutiva a parejas sexuales, parientes más distantes y amigos. La consciencia moral es esencial a nuestra habilitad para sostener y beneficiarnos de semejantes apegos. Como Churchland escribe, “El apego engendra afecto, el afecto engendra consciencia moral”. La capacidad de formular y actuar en relación a normales morales consecuentemente surge de la necesidad de desarrollar soluciones practicas a problemas sociales. Nuestra consciencia moral es reforzada por estímulos sociales, de hecho, reprobamos la mentira y  aprobamos la cortesía.

Así, la consciencia moral, tal como la ve Churchland, involucra la “internalización de los estándares comunitarios”.

Seguir estrictamente lo que dicta tu consciencia no es siempre bueno. Celebramos la posición antiesclavitud del abolicionista americano decimońonco John Brow pero algunos cuestionarían la creencia de que la única solución a la maldad de la esclavitud es la insurección armada. Y somos repelidos por los extremistas quienes arrasan mezquitas o detonan bombas en iglesias siguiendo sus propias consignas éticas. La consciencia moral es compleja, y las reglas(tales como las que dictan oponerse al asesinato) no son por sí mismas lo que nuestra neurobiología codifica. Churchland explora los temas relacionados- incluyendo la ausencia de consciencia moral, como un trastorno de personalidad, o su presencia exagerada, como en gente que sigue las prohibiciones morales de su religión con excesiva escrupulosidad.

Churchland critica severamente el estado de su campo. Se siente frustrada por el aislamiento de la filosofía académica, en la cual “la escasa sabiduría práctica es remplazada en un caso por titubeos y en otro por férreas adherencias a la ideología predilecta”. Destruye a los filósofos morales quienes creen que las reglas morales pueden divorciarse totalmente de la biología y solo buscan basarse exclusivamente en el razonamiento. Señala que la suposición de que la moralidad no está debidamente fundamentada a menos que sea universal es en sí misma es una estipulación refutable. Indica que en el intento de décadas para definir reglas universales no ha tenido éxito. Y finalmente, muestra que los dilemas morales son solo eso: dilemas en los que es imposible satisfacer todos las circunstancias, donde se revelan claramente el conflicto de los principios universales entre sí.

Semejantes problemas parecerían ser insuperables por aquellos que creen en lo absoluto de las reglas morales, basándose tan solo en el razonamiento moral al margen de la vida real, como conducidos tan solo por una especie de lógica filosófica. Pero, como Churchland advierte, “no puedes producir moralidad sin contradecirte a tí mismo” .

Tampoco de ella pueden sacar partido los utilitaristas, con sus cálculos simples de sumar al bien común para el mayor número. Señala que vivir en una sociedad utilitaria sería insatisfactorio para la mayoría de las personas, porque no somos imparciales con todos los miembros de la sociedad. Preferimos nuestros propios grupos, nuestros propios amigos y nuestras propias familiares. Para la mayoría de la gente, como argumenta, “ el amor a la familia es un hecho neurobiológico y psicológico colosal que ninguna ideología podría ahuyentar”. Concluye que el utilitarismo está en desacuerdo irresoluble respecto de como nuestros cerebros funcionan, dado que evolucionaron para preocuparnos más profundamente por gente que conocemos más que por aquellos que no.

El libro está decorado, a la manera de  nuestros mejores filosóficos, con ejemplos detallados e ilustrativos. Muchos de ellos se remiten a la temporada en que Churchland se crió en una granja en el desierto del Pacifico Noroeste. (Se llama así misma un “Bumpkin del campo”). Son maravillosos: Brigadas de balseantes sorteando los rápidos en el territorio del Yukón canadiense, los métodos para cortar madera, la estrategia conductual de caza de un oso grizzly, granjeros repentinamente ordeñando las vacas del vecino que es aquejado por la influenza, una letrero en una granja de pollos que proclamaba, “Aquellos que trabajan, comen”.

Las limitaciones en el reporte de Churchland son las limitaciones mismas del campo.

Como ella repetidamente señala, muchos de los aspectos del como el sentido moral se encarna en el cerebro o se forja por selección natural, son simplemente desconocidos por el momento. Pero la filósofa de todos modos hace un esfuerzo ingente. ”Consciencia” es iluminador, entretenido y sabio.

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